miércoles, 16 de noviembre de 2016

¿Crónicas madrileñas 5? Final

“Dejé Madrid porque su mundo tan variable se me metía en el alma. Quise traerme sus cambios, nostalgias, desvelos y placeres, pero no cabían en el avión“. 

La tarde del 30 de junio empezaron a morirse mis dioses madrileños. El primero cayó en cámara lenta, como si otro más poderoso se negara a dejarlo ir. Se llamaba Maria José —como todas las madrileñas—. Se llevó su sonrisa fina que le salía por el vacío de los dientes afilados. Apenas dijo adiós. “Nadie busca acotejos para morirse“, solía decir mamá. 

Mis ojos se les lanzaron detrás , como si quisieran justificar el hecho de no haberla perseguido por dondequiera. Estuvo tres minutos pegada al cristal de la puerta, mientras dejaba caer el río de sus ojos sobre mi piel bronceada que empezó a sudar. Fue todo. Después seguimos cada quien de su lado. 

Durante los nueve meses que viví en el Guadalupe nuestros ojos y sonrisas apenas coincidieron en los largos pasillos o el comedor, pero esos chispazos fueron suficientes para darme cuenta que cuando se fuera empezarían a caerse mis ilusiones. Aunque esta no era la primera despedida. Un mes antes —más o menos— se despidieron Andrea y Patricia; dos fuerzas extrañas que también me ayudaron a resistir el canto embrujado de este mar de leche. Andrea fue la primera. Una tarde, cuando llegaba al colegio,  me acercó sus mejillas sonrosadas. Entre risas y sudores quedamos de encontrarnos en Madrid para tomar algo (ambos sabíamos que jamás pasaría), pero hay que dejar alguna esperanza cuando nos vamos. Patricia salió una mañana hacia Perú, donde serviría tres meses como voluntaria. Nos dimos un abrazo de esos donde el alma se extravía y no sabe hacia donde coger en el pequeñísimo instante de la cortesía.

martes, 23 de agosto de 2016

Aun sin noticias de Gurb


A Vladimir Tatis, por los libros prestados que regresan. 

Vine a Barcelona a buscar a Gurb. La última vez que supimos algo suyo vivía aquí bajo la apariencia del ser humano denominado Marta Sánchez. Al parecer el nombre es común entre las formas de vida (reales y potenciales) de la zona o viceversa (también podría ser mi acento), porque a todo el que pregunto donde puedo encontrarlo se ríe.  Aterrizaje normal en las inmediaciones. Para llamar la atención esta vez tomo la forma de un estudiante dominicano con el nombre ridículo de Rodolfo Báez. También abandono la nave por la escotilla 4 (superstición).

Día 1

16:01  (hora local) Jonathan (sobrino de Rodolfo) viene a recogerme en la estación del Sants. Al principio nos confundimos un poco, pues el montón de humanos que se apilan o carretean maletas por los pasillos es insoportable, pero después de unos cinco minutos de teclear por el WhatsApp logro encontrar su pajón rizado entre la muchedumbre. 

17:00  Montado en un tren —al lado de Jonathan— observo a dos rubias en el asiento de enfrente hablar en catalán. Se ríen y me miran. No entiendo mucho, pero sé que coquetean conmigo. No les hago caso. La misión es “encontrar a Gurb“. 

lunes, 11 de abril de 2016

Crónicas madrileñas 4


Siempre he creído que la muerte es eso, una gran pausa literaria“. 


Descubrimos el misterio de la bicicleta roja una mañana cualquiera de nuestro quinto mes en Madrid ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿A quién había pertenecido? Todos coincidimos en que en octubre ya estaba ahí. El Cabrón o cualquiera de los otros —no recuerdo, como siempre me pasa— hizo un comentario sobre la bicicleta que alguien dejaba amarrada a una verja cerca de la estación del Metro de Moncloa, frente al Ejercito del Aire.  Durante esa semana y la siguiente la vimos cada día.  Comenzó a parecernos extraño que siempre estuviera en el mismo lugar y en la misma posición. “Sabremos si en verdad el dueño viene en ella al metro o si está abandonada”, dije una tarde, cuando regresábamos de la universidad. La tumbé,  para comprobar si al otro día estaría así. La mañana siguiente estaba igual. Empezamos a conjeturar hipótesis; el dueño era un indocumentado que salió y lo deportaron sin darle oportunidad de volver por su bici, lo había arrollado algún autobús o simplemente vino hasta el metro en su bicicleta y se suicidó lanzándose delante de una de sus unidades. Era asombroso que llevara tanto tiempo amarrada frente al cuartel de la policía que tanto admiraba. “Policía Aérea” se lee en sus uniformes. Las mujeres de sus brigadas son tan bellas que se puede pensar —perfectamente— que fueron creadas para vigilar los cielos. He escuchado a las compañeras de Máster hacer comentarios parecidos sobre los hombres, pero apenas los retengo el tiempo necesario para saber que hablan de ellos.

sábado, 12 de marzo de 2016

Crónicas madrileñas 3


14 de febrero. 17 horas tiempo local (5:00 pm). Sentado en una unidad de la línea 1 del Metro empiezo a mal dibujar Madrid. Hay tanta gente apretujada en el pasillo  que no puedo ver el número del tren. La manía de mirar el tablero donde se marcan los cuatro dígitos amarillos o rojos es tal que  hoy me siento incómodo por no poder hacerlo. A penas tengo espacio para respirar.  Aún así saco la laptop, la abro sobre las piernas  y desentumo el cerebro. Me monté en la estación Alto del Arenal. En Buenos Aires, un señor con las piernas tan hinchadas como latas de aceite sube al tren y pide por él y sus hijos. En los trenes madrileños cada vez hay más gente mendigando, tocando o cantando por dinero. Para evitar el ruido y el ablandamiento de corazón Sabina revienta mis oídos, mientras los dedos galopan por el teclado. Vuelvo a casa de Joel Ramos, a sus ángeles de hueso, a la esposa en Nueva York, al padre muerto en República Dominicana, a los amigos, al recuerdo del barrio, al mundo que le  dejó el sabor maldito de sus calles. La comida dominicana que ha brotado de las manos de Joel me revive. Entonces con nostalgia me dice que debo contar su historia. Sus ojos líquidos miran a los dos angelitos que dan vueltas y gritos por el apartamento sin enterarse que su padre quiere eternizarlas. Las señala: “Lo hago por ellas. No me puedo ir de este infierno sin que sepan la verdad”, me dice secándose las lágrimas con el reverso de la mano derecha. Con un río de nervios  agitándose en mi interior le contesto que escribiré su historia,  que volveré el siguiente domingo para terminar la comida que mi estomago plano no pudo consumir y para que me cuente todo mientras lo almaceno en mi celular para luego armarlo a mi antojo en un libro.  Siento el recuerdo explotarle el corazón mientras su memoria busca en un pasado distante de este frío Madrid. El domingo siguiente vuelvo, pero está arrollado con su papel de padre. Me conformo con la comida de una semana. El gran libro tendrá que esperar. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Crónicas madrileñas 2

“¿Cuándo regresas al país?”, me escribió Nati una noche por WhatsApp. Se refería a República Dominicana. Nos conocimos en mi primera carrera universitaria y trabajamos un tiempo en un programa radial, pero perdimos contacto y llevábamos años sin hablar. Me la devolvió el milagro de Facebook. Esa semana cumplía mi cuarto mes en Madrid. “No sé, pero mientras sucede te haré participe de algunas cosas”, le respondí. ¿Dónde empezar? Es difícil. Pero si he de hacer un relato aceptable debo regresar al 8 de octubre, cuando al mediodía —como transportado por una máquina del tiempo—caí en la inmensidad del aeropuerto de Barajas, a esa primera impresión del sol madrileño, cuando la INTERPOL revisaba mi pasaporte y en vez de atender a lo que preguntaban miré al cielo para sentir que el sol solo picaba en las pupilas. Dos horas de espera por Jonathan Gómez —mi exalumno en Santo Domingo— que tuvo la gentileza de enviar a su hermana Triana para hacerme compañía mientras él salía de clases y pasaba a recogerme junto a su novia. Sí, debo volver a mirar ojos de la flaca que en la cafetería del aeropuerto, mientras tomaba un jugo de naranja con Triana, se acercó a nuestra mesa y empezó a hablarme de una ciudad y un continente tan fantástico como ella. Y también debería volver al instante de sentir el primer frío en mis huesos apenas salimos del aeropuerto y errábamos por el parqueo en busca del carro… Hay que volver a todo esto para darse cuenta que está prohibido llegar a Madrid sin asombrarse. Por eso la ciudad se ha hecho enorme, con edificios de ladrillos que almacenan el calor en invierno. Con su exceso de arboles, parques y zonas verdes. Con sus apartamentos tan pequeños que parecen de muñecas. Por esas y otras cosas me dolían las mandíbulas al caminar las calles madrileñas. ¿Te dolían las mandíbulas? El asombro era constante. Esa magia aumentó mi interés por otras culturas y lenguas. Una noche no pude evitar reírme ante la ocurrencia de un amigo a quien acababa de presentarle un español. “Mucho gusto. Es un placer, conocer al primer español tras dos meses en Madrid”, le dijo con sarcasmo. Y no es del todo falso, debido a la cantidad de inmigrantes —de países que para la mayoría de nosotros ni existen— que caminan en esta metrópolis.

Crónicas madrileñas 1


Llegar a Madrid fue como tragarme un litro de vino de un sorbo. Aquí las horas tienen alas. El día apenas dura para comerse unos churros con chocolate. ¿Lo primero?Asombro. Imagínate que de repente se abre ante ti una inmensa pantalla de cine, donde también eres parte de la acción.  ¿La película? Extraña.  Las primeras secuencias daban  la impresión de que todos fumaban (en mi país casi nadie fuma).  Así que de pronto parecía que la ciudad inhalaba un espeso cigarro. Semanas después, cuando una compañera comentó en clases que una nube de contaminación cubría la ciudad, perfeccioné la imagen de la rubia fumadora (por supuesto desnuda).

lunes, 29 de septiembre de 2014

A veces Negro baja del campo

A veces Negro baja del campo y se mete entre mi desorden de libros e instrumentos. Para no sentirse tan perdida su alma inmensa me pide alguna simpleza; una película de Raymon y Miguel, un video de las carreteras más peligrosas del mundo… o cualquiera de esas cosas que nunca toco. Para no quedar mal me auxilio del Internet. Es el mayor de padre y madre, porque el viejo Colón fue fructífero como Rancho Arriba, donde se instaló. 
Del almanaque heredó un nombre que contrasta con la liviandad de su alma. Wenceslao, dice el papel que debemos llamarlo, pero él siempre será Negro, el que amortigua con todo.
Durante el tiempo que pasa en mi madriguera aprovecha para preguntarme cosas que el campo le esconde. Él no lo sabe, pero en esos momentos lloro, pues me veo a mí antes de que me comieran estos libros.
Le pregunto por el viejo, las cosechas y los animales, mientras desenrollo el pan de batata que me envía la vieja (se llama Amantina, pero nunca le digo así. Su bondad no cabe en ese nombre).
Me pregunta por Luis, Lucy y los demás. No sé para qué, pues siempre me entero de todo último que él. Escuchándolo comparo la verticalidad de nuestras palabras y me inclino por las suyas, puras como el agua del campo. Caen suaves sobre el oído con un gorgoteo.
Si pudiera extender nuestros diálogos lo haría al infinito. Podaría las preguntas y respuestas planas que hago y musicalizaría sus versos sencillos.
Después de estos encuentros echo de menos a mi familia. Al despedirnos nos damos un abrazo flaco, como nos enseñó Colón. Entonces, deprisa, abro el libro de turno y comienzo el viaje.

jueves, 23 de enero de 2014

Flecos literarios


A Paula Neruda

A la que no puedo escribir versos, a quien mis letras no impresionarían, le regalo mi alma, el amor distorsionado por la forma.  
No sé qué puedo decirte en cortas líneas ¿Acaso una disculpa por la ausencia de arte? ¿mentirte, entonces, para que creas mi lamento?  No, nada de eso, y me parece que eres tú la que inspira ésta última frase. Sabes que prefiero tu ausencia a vivir mintiéndote, quemarme con la angustia del pasado, tragarme el asco de mi muerte.
¿Qué hace este difunto ante la vida de tus manos, ante la magia que sueltan tus dedos de oro decepcionados de todo?
Tus cuentos son La Piedra irónica que encerró a Lázaro. Nada contiene la furia de su mar muerto. Allí yacen Eco, Ulises, Pan y Beatriz como ideas escapadas del Alma Infinita.
Es una pena maltratar tus creaciones con mitología, seguir extendiendo este plato de condimentos mundanos, estos gusanos que se comen la cuerva de tu sonrisa.
Y al final darme cuenta que no he hecho nada, ni siquiera descifrar tu cariño.
No vine a refugiarme en esto que llamo poesía para lograr tu perdón, los dioses no se inmutan con babas de santo atormentado.
Es simplemente la necesidad de escribir (aunque esa necesidad tiene nombre y apellido) tú más que nadie lo entiendes. No podemos vivir con eso dentro, porque de pronto nos parece que los objetos toman vida y empiezan una danza mortuoria que nos aniquila de un tiro en la frente. Por eso le damos rienda a lo que sentimos, y lo mandamos al mundo de los ojos, para que lo persigan cazadores literarios, esos bandidos que sin escribir son genios. Pero aquí decidimos vivir, esquivando a cada paso uno de ellos.

 Así son mis líneas, sin sentimientos, sin metáforas, sin arte... seca, como tú, pero repletas de los flecos literarios (que tanto odias) con que adorno cada cosa. 

lunes, 6 de enero de 2014

El primer día de Reyes

A mi hermano Luís Báez

Los niños esperaban con ojos saltones el regreso del padre. Había salido en la mañana a buscar a esos seres de los que tanto hablaba, quizás para entretener sus espíritus inocentes. Esa Navidad habían guardado, noche tras noche, un paquetito de hierbas, un cubo de agua y alimentos para los Reyes Magos que, según decían, venían del Oriente en camellos, por lo que al llegar a este lado del mundo, sus monturas estarían fatiga­das, y ellos con hambre y sed. Se entretenían repartiendo sus insignificantes regalos: La hierba para los camellos, el agua no sabían para quién, pues tal vez los Reyes Magos estarían tan cansados que caerían sobre ella antes de que los haraganes dromedarios pudieran extender sus largos pescuezos sobre el símbolo de la vida, y en cuanto al alimento ignoraban si los espíritus caritativos de los viajeros nocturnos se conformarían con las migajas apartadas con dolor de sus reducidos platos.
La mirada de los infantes se perdía, vez tras vez, en las curvas sucesivas del camino, por donde desapareció su padre, que como una mano de mendigo, larga y flaca, se extendía desde las lejanas montañas, pasando por el patio de su ca­sita, perdiéndose en el pico de una loma inmensa que dejaba deslizar su falda hasta donde nacía el arroyito cuyas aguas burbujeantes se mezclaban cada tarde con sus gritos infantiles en la poza construida por ellos con ramos de guayullos, o cuando se deslizaba por sus gargantas chillonas que absorbían el líquido como terreno recién quemado.
Ese día no habían pensado en la comida, único alimento seguro de la casa, pues el desayuno y la cena, cuando apare­cían, era más por un milagro de la madre, que por obra de Dios. Por ahora el deseo de ver a esos seres de otro plane­ta, como imaginaban esa parte del mundo explorada solo en cuentos, había extirpado sus apetitos vivarachos y voraces.
A las cuatro de la tarde, lo suponían por el sol que ya no llegaba a la casita, rechazado por las enormes montañas, apareció la figura del padre en el serpenteado camino, pero para su sorpresa venía solo, nadie acompañaba al hombre de campo, que esa mañana dejó el conuco para salir a buscar a quienes conocían sólo de nombre.
¿Por qué no venían? ¿Se habían negado a acompañarlo? ¿No los había encontrado, o desistieron de visitar a un lugar tan lejano?, interrogaban sus ojos ansiosos.
Las miradas seguían fijas en el punto negro que a cada paso cobraba tamaño, y en el que ellos habían identificado a su padre, no por rasgos físicos, pues a aquella distancia era imposible, sino por los colores opacos de la ropa que, a pesar del trayecto, identificaban su propiedad como bandera izada.
Cada curva que se tragaba la figura idolatrada del pro­genitor era una tortura que aceleraba los latidos de la sangre infantil.
Aunque veían a su padre acercarse solo, sabían que, no obstante, los Reyes Magos podían venir con él, invisibles para no llamar la atención, o en forma de pequeños muñecos que volverían a la vida y a su tamaño normal cuando estuvieran en su presencia.
Cuando por fin apareció detrás de la loma que daba ac­ceso al rellano de la casita, la frente extendida hasta la parte trasera de la cabeza fue apareciendo, sudada y brillosa como los caballos que pasaban por el camino a todo galope, y que, según les contaban, venían de lugares muy lejanos como El Capaz, El Pino, o Los Veganos. Una bolsita negra colgaba de la mano del viejo, quizás con pan, arroz o quién sabe si con las pequeñas figuras de sus huéspedes.
El ansia invadió los corazones, deseosos de conseguir en Navidad algún juguete con qué entretener los días, exage­radamente largos, de aquel lugar donde la única distracción era el canto de las aves y el murmullo sin pausa del arroyuelo que se deslizaba cerca de la casa, y en algún momento cuando pasaba un caminante que pedía un poco de agua, por lo que lo disfrutaban ocultos detrás de la falda de su madre ,o de las rendijas del seto de tablas viejas desde donde guardaban el rostro desconocido del viajero en sus memorias en blanco.
El padre llegó, no saludó, como siempre, pues aunque era honesto y bondadoso, desconocía los buenos modales. Se sentó en una silla en el patio, se quitó la camisa, limpió el su­dor que corría por su barriga, bajando desde la frente lampiña y negra, con el pulgar de su mano derecha, como se limpia el cristal de un automóvil con la paleta de goma que recoge el agua sucia; metió la mano en la fundita, y antes de sacarla miró a los cuatro infantes que asistían al espectáculo con ojos de curiosidad. Lo primero que sacó, estaba dentro de una fun­da plástica, y tenía color verde como los sapos que nadaban en los pozos del arroyo. Pidió que le trajeran agua en un ja­rro, y después de haber sacado el extraño objeto del plástico, le quitó una perita mamey que tenía en el lado derecho, por donde comenzó a desaparecer el líquido del jarro, y después, apuntando a la cara del mayor de los hermanos, presionó un propulsor, también mamey, que se ocultó dentro de la barriga del misterioso objeto verde que escupió un chorro de saliva, y bañó la cara del azorado muchacho que no podía resistir la emoción de tocarlo. Después, lo extendió al aturdido ob­servador, y dijo “Eso te mandó tu amigo Baltasar, cuídalo”. Fuera de sí, salió corriendo disparando salivazos por la boca de aquel extraño animal que le había enviado uno de los reyes. Iba tan ebrio, que se olvidó cuál de los tres había sido. Así que por el momento ya no escribiría la carta de agradecimiento, la que echaría al arroyo con la esperanza de que sus aguas mansas sirvieran de correo a los seres mágicos que criaban animales acuáticos como éste.
Mientras tanto, los otros pequeños estaban atentos a la mano del padre, que había vuelto a desaparecer dentro de la oscura envoltura de donde salió otro animal idéntico al prime­ro, pero de color rojo claro. El padre repitió el proceso ante­rior, en esta ocasión dirigió el escupitajo del monstruo hacia el seto de la cocina de donde se deslizó una mancha oscura; después extendió el extraño animal al segundo de los infantes, quien se perdió a la carrera detrás del primero, que andaba lanzando chorros de agua como cartuchazos al aire a todo lo que se le cruzara en el camino.
La mano del padre volvió a desaparecer dentro del telón negro que, como pañuelo mágico, había disparado desde su barriga cuadrada los más extraños sueños. Una caja amarilla salió por la boca del escondite oscuro. “Miren esto”, susurró el padre, y como quien práctica un truco durante mucho tiem­po, fue quitando la tapa que le servía de puerta a la extraña caverna, de donde extrajo un objeto amarillo y azul con alas, que en lugar de patas como las mariposas y las esperanzas, tenía ruedas. Dio vueltas a una manecilla azul, como a un reloj de cuerdas, después lo puso en el suelo y dijo al tercero de sus hijos, al momento que el objeto empezaba a correr, dando vueltas a la hélice de la parte delantera, “Anda, ve por él. Es el avión que te mandó Gaspar”.
El menor de los niños no creía lo que había visto ese día, tantos milagros dentro de un paquete tan pequeño. “Qui­zás fuera mejor que no vinieran los Reyes Magos, porque con tantas emociones no le hubiéramos prestado atención”, pensó.
¿Qué se escondería dentro del vientre del oscuro reci­piente para él? La mano del padre buscaba algo que parecía no encontrar en su interior, o ¿era la falsa crueldad del viejo para impacientarlo? Al salir por la abertura negra otra caja, solo que un poco más grande, venía pegada de los callos de la mano rústica hecha para labrar la tierra. Realizó el mismo ce­remonial que la vez anterior para hacer aparecer un deforma­do animal con una cabeza enorme, y una cola larga y flaca con apariencia de pez, al que dos aletas azules colocadas sobre su lomo parecían proteger. Este extraño animal, que no pudo asociar con otra cosa que no fuera un pez, en vez de aletas, en su parte inferior tenía ruedas negras y blancas, una manecilla azul arriba de las ruedas, semejante al otro objeto que había calificado de avión, lo adornaba, a la que el padre comenzó a manipular, y cuando ya no giraba más lo puso en el suelo. Un sonido extraño salió de las aletas, que comenzaron a girar tan rápido que no parecían aletas, sino un paraguas redondo que circulaba en su lomo. Movido por el impulso de las hélices, el increíble aparato comenzó a alejarse por el patio de tierra, entre la casa y la cocina, y el muchacho, sin que se lo dijeran lanzó un grito de victoria, y se fue a perseguir el objeto aun­que con temor de tocarlo, pues pensaba que las aletas terribles de aquel pez encantado que podía correr fuera del agua, corta­rían sus manos tímidas.

Mientras la noche bajaba desde las montañas, uniendo el canto de los grillos a los gritos infantiles, los chicos seguían corriendo sin percatarse del concierto divino que seguramen­te disfrutaban desde algún lugar distante los ahora ignorados Reyes Magos.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Una replica censurada


Es propicia la ocasión para hacer un aclarando. El lunes o martes, nunca recuerdo con exactitud, recibí una llamada de mi amiga Niurca Herrera, para preguntarme que quienes eran los miembros de mi plancha. Pregunta surgida por un comentario puesto en este grupo en una foto.
A lo que respondí que no, que sólo bromeaba cuando hice el comentario. Que por razones que más adelante detallaré me había tenido que ausentar este año de las reuniones ordinarias del grupo literario.
Sé que el equipo donde está Niurca es de calidad y con cualidades suficientes para desempeñar el cargo al que aspira y más, pero como ya dije me gusta la democracia,  que tengamos la opción de elegir. Si esto no pasa tiendo a sentirme frustrado.
Ahora bien, escribo estas líneas porque me sentí terriblemente aludido con el comentario dejado en este espacio por el Coordinador Nacional de Talleres Literarios, el señor Eulogio Javier (“sólo quiero recordarles que para mantener la calidad que hasta ahora tenemos, es necesario que las personas que aspiren a coordinar el Taller sepan que la fidelidad, la dedicación, la puntualidad y la asistencia constante son elementos ineludibles a la hora de formar un plancha con mirras a la coordidación”), que bien, haciendo honor a su cargo o velando con excesivo cuidado se olvidó tomar en cuenta lo siguiente:

¿Qué es un miembro activo de un taller literario?
¿Es un miembro que esté todos los viernes asiste a las reuniones, pero que no desempeña ninguna función o es una persona que aunque alejada temporalmente, por razones ajenas a su voluntad  y que muy bien deberían conocer se ha mantenido presentes en todas las reuniones y actividades celebradas por el taller en horario que no le afecten a la beca estudiantil que recibió por un año? 
Recuerdo que en el presente año estuve en todas las actividades literarias del Taller fuera del horario protocolar en que nos reunimos. Si lo han olvidado bastan las fotos de Santiago, San Francisco, San Pedro, las reuniones sociales donde Salvador, Niurca, las correcciones a los cuentos de Francisca, en el Club de Profesores de la UASD, puesta en circulación del libro de Niurca, y por si les resulta poco, me arriesgué a perder un día de clases para llevar a una de las reuniones del taller al escritor Roberto Marcallé, compañía que todos disfrutamos.
Sigo insistiendo ¿es un miembro ausente del taller quién ha recomendado durante el año más de cinco personas, algunos de las cuales ahora son miembros activos? ¿o el que preocupado porque alguien no tome nuestro nombre en la red Twitter crea una cuenta para el grupo y se la da a la directiva y ayuda a mantenerla activa?
¿Puede ser un miembro ausente del taller el que se atreve a tomar una beca de English por Inmersión para tratar de llevar sus textos y la mejor antología que se haga de nosotros a las imprentas del Norte? No digo que otra persona no pudiera hacer esto, pero nadie se preocuparía más por la fidelidad de las traducciones que alguien que conozca bien el idioma original y el ambiente narrativo e incluso las técnicas manejadas en la escritura.
¿Es un miembro alejado el que después de haberse pasado un día entero en los ajetreos de la graduación final se atreve a llegar al Taller a las siete, aun llevando la ropa formal que usó durante todo el día?
Por lo ya citado habré perdido mi facultad de a la candidatura del espacio, pero jamás mi derecho a réplica.
Si alguien se atrevió a leer la carta que dirigí al principio de año, cuando inicié el programa English de Inmersión, al Coordinador se dio cuenta de que tanto amo el espacio.  Si nunca lo hicieron, por no tener tiempo o por falta de interés, les dejo el link para que lo hagan:

“Cerrando caminos no se hace futuro”


domingo, 3 de noviembre de 2013

¿Instrucciones para entenderme?

Es muy importante no tratar de entenderme. No lo hagas nunca. Te puedes ahorrar muchos males. Soy extraño, lo sabes. Te quejas a diario de lo mismo. “No me gusta tu silencio, habla de una vez, cuéntame lo que sientes” y esa retahíla de palabras que se te explota entre los ojos.
Quieres un mapa, líneas que te hablen de mí, comparaciones que aun desconozco. Es tan difícil entrar a la nada, abrirse pasos en mi oscuridad, tragarse un gusano...
No te he dicho nada nuevo, esto lo puedes repetir de memoria. Soy un cobarde, un mito, escapo de las explicaciones como de los compromisos, ambas cosas me parecen inalcanzables.   
¿Qué buscas en este imposible? ¿por qué arañarte con tantas espinas?  No hay nada detrás del silencio. Mis labios son mulas haraganas cargadas de barro. Imagino que no entiendes la metáfora, para eso tendrías que ser como yo, con la libertad del campo pateándote las venas.
¿Entiendes ahora por qué le corro a todo? ¿por qué el miedo a la opresión? ¿al matrimonio? ¿a cualquier tipo de esclavitud, antiguo o moderno?
He dado tantas vueltas para caer en lo mismo, para decirte las cosas que odias.
¿De qué hablas?
De mí, de esta tortura, del acoso que me monta tu indiferencia.
Calla y cuéntame de una vez lo que quiero.

No hay que agregar. La única manera de entenderme es evitándome. Corre de mí, es la mejor instrucción que existe y cuando estés a una distancia considerable te darás cuenta si fui luz o estorbo en tu vida. 
Lo demás es silencio. 

sábado, 26 de octubre de 2013

Una pérdida irreparable


Un ángel cayó, un ángel murió, un ángel se fue y no volverá, se fue volando en madrugada.

Cuando mamá me dijo mataron a Delfín se me heló la sangre.
¿Cómo?
¿Qué pasó?
La pobre vieja no pudo explicarme nada. En realidad no podía. Nadie podía. Ella con su timidez, habitual del campo, era mejor con las caridades que investigando cosas, y cuando se trataba de hechos de sangre el valor la abandonaba. Me contó de la forma brutal de su muerte, que todavía no se conocía al autor de la masacre…
¿Es posible que mueran los hombres de verdad en mano de insectos?, me pregunté confundido. ¿Quién se atrevió a perforar un cerebro ocupado sólo en trabajar?
Desde mi cabeza un diluvio de ideas estremeció mis manos y cayeron furiosas  sobre el teclado. Teníamos que encontrar al responsable de que desde ahora cuando vuelva al campo no vea a Delfín detrás del mostrador, donde se pasó la vida. Sólo salió de ahí esa noche y un hijo de…le quitó la vida. En 30 años nunca lo vi en otro lugar. ¿Quién me saludaría con su paciencia? ¿A quién le encajaría la franela y la barriga del que vive despreocupado detrás del mostrador?

A su esposa una vez me la encontré por casualidad aquí (en la Capital) y fue tan amable que me reconoció al instante, aun cuando no pude hacer lo mismo. Le pedí que me disculpara, que el ruido de la ciudad le come el cerebro al que viene del campo y ese montón de excusas preparadas para circunstancias como esas. Hace muchos años, y aun recuerdo sus ojos negros, llenos de amor y cariño.

Los hijos que dejó huérfanos son geniales, estudiosos y tranquilos. Con tanto talento como simpatía. A Melquín lo conocí cuando facilitaba un seminario de locución, fue mi alumno una semana, y bastó ese lapso para establecer una amistad que traspase los años.
A Gleidy me la presentó la UASD. Cuando se vive en ese mundo las casualidades suceden con la misma frecuencia con que entran y salen alumnos a su campus. Después las fotografías de sus pasarelas y las conversaciones de Facebook se han encargado de mantenerla presente.

No puedo decir que conocía bien a Delfín ni a su familia. Tampoco pretender que mi dolor, ante la tragedia de su partida, sea el mismo al suyos. No puedo asegurar ninguna de estas cosas, pero quiero expresar mi más profundo dolor, asco y desprecio por la forma inhumana en que un desequilibrado mental sacó del  mundo a un ser que sólo se preocupó por trabajar para el bienestar de su familia. 

sábado, 19 de octubre de 2013

El baile de la carne

Hoy mis ojos estaban como nunca. Me los comí enseguida. Querían escapar como dulces abejas de lejanos palacios.
Me clavaron dos macizas ponzoñas que ahora se infectan con su ausencia.
Hoy mis ojos eran yo y el deseo, el deseo de hundirme en su mirada, de ser succionado por su boca.
Deslicé mis ganas por su pradera, por el talle esbelto de su cuerpo puro, admirable, sublime.  Hoy puedo recordar aquel descenso sublime, una gota evaporada por el fuego de su piel.
La noche fue intensa, cada segundo tenía infinidad de siglos que evolucionaban especies insaciables de placeres. El baile de la carne empezó en sus caderas menudas, sensibles al tacto de los sueños. Nos perdimos en la oscuridad, olvidamos que existían otros universos. Fuimos fantasmas desnudos, de carne crispada, un ser perfecto.  

Pero la noche terminó al despegarme de tus ojos. Entonces volví a la nada, a beber silencio, a imaginarme tierno tu carácter de roca, a sentir que vivo cuando no te miro…terminó todo cuando Dios dormía. 

lunes, 14 de octubre de 2013

Hoy mis ojos dormían

Hoy mis ojos dormían. Estaban lindos, como siempre, pero muertos.
Me besaron antes de caer en coma. Sentí sus labios tibios.

Cuando se rindieron aún era temprano del peor día de la humanidad. Sin luz nadie deseaba vivir, así que cerramos nuestros  ojos y nos arrojamos con ellos al valle de la muerte. 

domingo, 13 de octubre de 2013

What eyes

She had the most beautiful eyes that I have seen in the world.
They were very big and black too, like the night.
When she saw me I was petrified, lost in her darkness.
Now, when I’m thinking about her eyes, I can bring all her shape, then walk into them and feel a peace like it came from the heaven.
II
Tonight I don’t want to write, I prefer to think about her eyes. Yes, again I want that. They are all my life. But the big problem is what they never have been put on me. If you can to imagine the beautiful that they are, then you could understand me. For that this night I don’t want to write. I’ll be in my bed recollecting her light. Only
that…


jueves, 11 de julio de 2013

Dos Cartas a Penélope

A Carmen Mueses

Me has pedido una carta y no es precisamente lo que quiero darte. Es más bien un poema sin forma, la marca de Caín, un verbo inferior condenado al papel, un absurdo con arrogancia de exhibir tu sello de mujer.

Aun hay otros delirios, pero esos se me perdonan, como el deseo de tocarte, de tenerte para mí, de deslizar por tu vientre mi mano cabrona y marcarte con mis besos en aquel Getsemaní.

Como te dije, no quisiera estropear mis ideales, marchitar nuestros amores, arrepentirme de mis males. Tampoco robarte la imagen que adoro, el cuerpo flexible, la sonrisa perfecta, los rizos de oro.

También pretendo conocer tus dimensiones, detenerme en cada tramo, alojarme en tus rincones.  Sentir que eres parte de mi esqueleto, o dicho de otra forma, que eres la misma vida, la cicatriz que no sana, el cordón de mi amuleto. 

Hay tantas cosas que agregarle a estos tormentos, por ejemplo cinco noches de desvelo, una vida sin amor, las relaciones frustradas, los poemas abortados y otros tantos argumentos que mejor prefiero decirte lo que busco de una vez, la razón de esta carta con retraso, las excusas que decía como verdad cada noche para mantenerte atenta o mi corazón al revés, en realidad…no sé.  

Carmen, lo mismo debo hablarte de mi corazón temeroso, del miedo a los compromisos, de los asaltos de poetas y mí rebeldía de oso. Del rayo de luz que se filtra a mi mente cada tarde, de los astros de su cielo y su espíritu cobarde.

Del que duerme cada noche entre las sábanas desnudas, de mi yo de Sansón con la lealtad de Judas. Como ves lo que te dejo para nada es una carta, es una simple explicación de una vida leve, el Hombre de hojalata en busca de Oz, una cuartilla de versos aspirando a la gloria, los amores fraguados en mi triste memoria con la dimensión del vasto universo.  



El regreso oportuno

Odio tanto la rima que he vuelto a caer en ella
Serán tus ojos discretos o tu forma extraña
Que a mi vida lúgubre como una estrella
Le han devuelto lo perdido esta mañana

Carmen, la Penélope que espera tejiendo vida,
La carta que viene de la terrible odisea
Sabiendo que en ella encontrarás la salida
Que tu alma impaciente con ansia desea

No olvides que eres la paz del esposo
El canto que pudo librarlo de la muerte
Su cielo, su gloria, su alegría, su gozo
El tesoro que tiene sin que pueda perderte

Calma tu ímpetu, el viaje ya acaba
Ahí viene el poeta en su barca gloriosa
El hombre de guerra, el héroe de Ilíada
De cuerpo de bronce y corazón de rosa

Mi padre vendrá, te decía cada noche,
El niño durmiente al que acariciaban tus brazos
Llegará de sorpresa sin caballo ni coche
Sin que pueda tu alma discernir sus pasos

Entonces seremos los mismos de antes
Un hogar dichoso, una familia tranquila
El cuerpo formado por los jóvenes amantes
A quienes el dios de la guerra ya no los vigila

Me darás un beso que escriba el futuro
Un puente que llegue de la tierra al cielo
Y yo en tus labios probaré seguro
La  miel de la vida, el amor que anhelo.dos

viernes, 14 de junio de 2013

Caray que rápido pasa el tiempo

No sé con quién conversaré ahora en la mata de mango de comunicación sobre literatura, música o quizás de la propia Revolución. Analizo los momentos y las diabluras que hemos hecho y me digo a mi mismo, caray que rápido pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando veníamos de Santiago a la Capital en aquella maratónica caminata, luchando por las reivindicaciones estudiantiles… cuanto caminamos Gato. Recuerdo el sonar de tu guitarra y las canciones de Silvio y Sabina en tu voz, amenizando a los cansados camaradas o nuestras reñidas partidas de ajedrez en el campamento que montamos frente a la Rectoría del cual nos sacaron a tiros y bombazos... sobrará decir que la lucha no paró ahí, después de eso fue que le dimos carpeta al jodido Febrillet. Extrañaré esos momentos hermano Rodolfo Baez, pero me alegro por tu logro. Que el éxito sea contigo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Más de medio siglo de lucha

Yolanda, hoy son cincuenta y nueve las vueltas que completa el planeta alrededor del sol, desde que tus ojos lo miran. Más de medio siglo de revolución. América Latina gira en tus pasos, en tu voz, en tu cuerpo pequeño. Ya no eres de Nicaragua, sino de todo el continente, del que necesita el pedazo de pan, del que duerme en la calle... 
Los años quieren inmortalizar tus obras, por eso ni te miran. Estás parada en medio de sus aspas como un sol al que apenas pueden desteñir el cabello. 
Escribirte es pensar en Rosanna, Ángel, en Roberto, Jan Carlos…la revolución. 
Sólo al caer tus cincuenta y nueve vuelvo sobre ustedes, y aunque ya no estoy en la UASD, llevo la protesta a distancia, con letras y maldiciones. 
Por ratos te veo en Nicaragua con el fusil al hombro y el niño feliz en tus brazos, entonces pienso, en la liberta de la poesía, que el niño con su sonrisa también lucha. Y siento los tiros de su garganta reventar todo y entre tu país y el mío se extiende una niebla blanca que no puedo penetrar y cuando me adentro e invado su espacio, descubro tu cabello rebelde tejiendo monumentos a la Libertad. Y no entiendo del todo si hemos sido cubiertos por el velo revolucionario o son tus ideas creando la verdadera América Latina, por la que tanto has luchado, y que a los cincuenta y nueve no has podido concretar, porque tal vez para esto nos falte Sandino, Darío, Bosch y Amín Abel; las balas, la poesía, la democracia y el martirio.

domingo, 5 de mayo de 2013

¿Cuántos años más necesitamos l@s dominican@s para asimilar que la Feria del Libro es simplemente la Feria del Libro?


La exageración de atractivos y diversiones que cada año trae la Feria Internacional del Libro Santo Domingo… envés de hacerla más atractiva desvirtúa el concepto por el cual surgió.
O ¿No es cierto que el motivo de la Feria del Libro es promover el libro y que sobre todo los niños y adolescentes se interesen por la lectura?
Pararse en cualquiera de las salidas de La Plaza de la Cultura y hacer un análisis al ojo por ciento, como bien estilamos los dominicanos, de cuantas personas salen con libros, es algo que desmoraliza.
A pesar de los esfuerzos del Ministerio de Cultura y otras editoras nacionales por vender libros desde 5 pesos la gente sigue más interesada en ir a la Feria a comer y ver disparates que a comprar un libro.
¿Cuántos años más necesitamos para darnos cuenta que lo que nos está consumiendo como pueblo es la falta de conocimiento? ¿Qué un país no puede salir de la miseria si no ha dejado primero el atraso mental? ¿Qué las personas inteligentes; los buenos doctor@s, abogad@s, licenciado@, comunicador@s..., no caen del cielo o de una mata, pero que sí vienen del país de izquierda? O como bien acostumbramos a decir se hacen “tirando páginas pa’ la izquierda”.
Es lamentable que siendo esta la XVI versión de la Feria Internacional del Libro todavía no hayamos podido inculcar en las mentes volátiles, de los que preferimos seguir siendo gobernados por unos cuantos, que la única manera de lograr la libertad señalada por Duarte es saliendo de la ignorancia.
No se puede preciar de libre un país donde sus habitantes no tengan la capacidad de discernir entre su mano derecha y la izquierda.
Si todavía los dominicanos no somos capaces de perseguir el conocimiento con el mismo interés que vamos tras la comida es porque no hemos entendido que en él radica nuestra libertad.   

martes, 23 de abril de 2013

¿La Feria del Libro o la pela de Correa?



 A las 6:20 minutos, con un ¡ay! General y la boca desorbitadas de las más chismosas (cuando uno de los representantes del Ministerio de Cultura confunde a la Vicepresidenta con la Primera Dama de la República) comienzo el conteo regresivo del acto inaugurar de la XVI Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2013. Pero el desliz es sólo una desactualización en el pensamiento del funcionario, porque ese era el cargo ocupado por la aludida recientemente.

martes, 2 de abril de 2013

Una mezcla de Dios


A la profesora Rita Barrett, por el milagro de los idiomas  

Una mezcla de Dios canta con voces de colores. Flecos rubios y negros emigran de las gargantas y cruzan las fronteras para poblar países de sueños. Naciones donde no habita el racismo, donde los idiomas y las culturas son mitos del pasado.

Un dios de colores se resbala por las cuerdas de la guitarra, por los mechones dorados...  Salta de los trampolines crispados (de los cabellos rebeldes) o se enreda en la lengua que entre la memoria persigue la palabra perdida.

La canción aun no ha terminado y otro canto empieza a mi lado. Son los acordes de la risa de una niña que desde su infancia les gatean los sueños.

Entonces me quedo en el limbo que se abre entre la música poliglota, el sonido de los labios infantiles y los ojos de Rosanna que se pierden por la ventana del frente como una hermosa pradera.

Cesó la primera canción, la segunda es eterna. Nadie apaga la melodía de unos labios cuando los abre la felicidad.

La guitarra, el chelo y los violines vuelven a sonar. Dios ha vuelto a los cielos de los corazones sinceros. Aquí abajo ha quedado un diluvio de paz en las almas que vuelan a la eternidad del reposo.  

sábado, 16 de marzo de 2013

Son dos mundos tus ojos


Rosanna, me encanta cuando volteas los mundos de tus ojos y te arrojas en mis brazos.  Cuando olvidas que eres carne y te haces seda. Cuando siento la naturaleza de tu luz traspasar mi alma. Cuando comienzo a deambular tus cielos.

Cuando todo gira en el átomo del mundo porque eres su núcleo. Cuando tu cabello y mi imagen son apenas flecos de un destino migratorio.

Desde entonces nada es igual, porque se despiertan tus pestañas y alzan el vuelo hasta mi destino. Horas después, semiinconsciente, no lucho, escasamente respiro. Ya no quiero saber si me he despertado o si sigo girando en tus sueños enormes.   

domingo, 17 de febrero de 2013

Te debo tanto


A Rosanna Naftalí Pérez (Ros), mi novia 

Le debo tanto a tu distancia, a tu cara de ángel comprensivo, al fuego que me derrite cuando te acercas, a tu pasión.
Le debo el alma a tu sonrisa, al poder de tu humildad, al resplandor de tus ojos.
El centro de mi vida es tu amor, aunque a veces te lo llevas rápido y dejamos de ser nosotros para convertirnos en fugitivos de la circunstancia.  
Guardo en mi casa montones de recuerdos tuyos. Me sobrarían para la eternidad, pero los amontono como simples trofeos, porque disfruto la seguridad de tenerte  siempre. Así que no harán falta. Esos pedazos de historia podrán usarse en otra cosa, tal vez en armar poemas nostálgicos que la gente devorará con la misma melancolía.
Ros, he aprendido a disfrutar al máximo el poco tiempo que pasamos juntos; tus estudios y los míos deshidratan la vida, lo sabemos. Por otro lado está la distancia, los kilómetros de carretera, las tantas obligaciones...
Hay cosas insoportables, pero ninguna iguala a la sensación de tu partida. Cuando te vas se pierden los caminos del pensamiento y un mundo giratorio arranca con tu último paso. Parece que la guagua que te lleva también me arrastra. Y puedo sentir mis pies persiguiéndote a 180 kilómetros por hora.  Nos bajamos juntos en Sonador, disfruto el verde del paisaje, miramos a ambos lados antes de cruzar la autopista (dos camiones pasan, también persiguiéndose), nos montamos en el motor y nuestros corazones tan juntos se aceleran con la máquina. El verde nos envuelve y me doy cuenta que todo es uno; tus ojos, el campo, mi alma, la vida…   
Al regresar de mi ensueño, soportaría el tormento de la muerte y no la idea de que te hayas ido. Te debo tanto como a  mi otra novia. Sí ya lo sabes. Es que no puedo vivir sin esa mujer. Sé que piensa en mí todos los días, que al servir la comida y recordarse que ya no estoy en la casa escupe lágrimas saladas sobre el piso de polvo. Son dos ángeles de diferentes edades, también por ella te debo tanto. 



miércoles, 23 de enero de 2013

Vakeró, por lo pronto somos 10, 000, 000 de personas pisoteadas



A diez millones de seres humanos nos cortaron los derechos en tus cabellos. Sí, y eso que sólo cuento a los pocos que en pleno siglo XXI seguimos enjaulados en este patio indescubierto.

Que poco sabemos de integridad. ¿Quién condenará ahora a la “justicia”? ¿Habrá alguien que dicte sentencia contra tal aberración?

La navaja que debía cortar gargantas embusteras violó tu creencia. Lo que no vemos en esto es que en tu lugar podríamos estar cualquiera de nosotros  y que en la cárcel nos harían lo que a ellos les diera la gana y nadie sabría nada.

Te humillaron no por cumplir la ley, sino para demostrar que tienen el poder. Un poder tan  hediondo que hiere.

¿Por qué te llevaron a San Pedro? ¿Najayo y los demás recintos habían sido extirpados de sus conciencias?

Me duele tu condena, no la física, sino la espiritual. Todavía no hemos podido librarnos del pasado. El dolor tuyo es el de la humanidad.
Diez mil millones de poemas muertos, pisoteados. Arrancados del árbol del deseo.
No conozco tu música, pero toco la fibra de tu corazón (ahogado por el abuso de poder). Herencia del trujillismo. ¿Quién dijo que para estar preso hay que tener la cabeza rapada? ¿En cuántos países pasa eso?
Es increíble, sigues ahí  y tus hechos y rostro recorren los países y bocas.
No hay por qué pedir justicia a quienes desconocen tal palabra.  No te considero inocente de lo que se te acusa, ni de eso se trata, pues a pesar de todo también tienes derecho a equivocarte. Ahora enmienda tus fracasos.
A lo que me refiero es a que nadie podía traspasar la cortina de tu conciencia. No hay razón para violarte tu integridad. Así como tampoco puedes violar la de nadie. Somos libres, aun dentro de una celda. Seres humanos capaces de decidir lo que queremos.
Sólo me detuve un momento ahora te dejo, debo seguir persiguiendo injusticias. 

jueves, 17 de enero de 2013

El ángel que tiembla

Mirarte es pararse bajo la grandeza del cielo a contemplar la gloria de tu calma empapando mis temblores. Una sonrisa congelada en la galaxia de tu boca, treinta besos naufragando en su orilla. Tu espada armada en silencio.

Te pienso y dejo de existir. Mis sueños se pierden en el brillo de tus dientes.

Entonces se me ocurre extenderme por el firmamento de tus caderas, pero me doy cuenta que es imposible; tanta grandeza no puede ser recorrida por un dios que muere a diario.

Cambio de rumbo y, en el mismo silencio, pienso en la cuenta que tienes conmigo (débito de los favores que aumentan el balance cada día, pero tú rebajas sus intereses con sonrisas). No quiero exonerarla y la dejó ahí hasta que sea suficiente para invitarte al cine y comer helado.

Oigo tus pasos cayendo lentos, como la tarde, sobre el piso muerto que no se inmuta con el toque de tu vida.

Me despego de la puerta, la toco con la ternura con que repasaría tu carne crispada y me alejo despacio (apenas sintiendo que cargo mi alma).

Vengo, me encierro en el patio. La bulla, el correr y las maldiciones de los muchachos no me tocan. Floto en la aureola que irradia tu cara de ángel.


jueves, 3 de enero de 2013

Año Nuevo


Las mesas repletas de vasos borrachos se bebían las voces añejas que desaparecían en el horizonte del ruido.
Los ojos cansados ya no bailaban, se elevaban como pesados telones sobre la inmensidad del cansancio.
Un dios aplaudía sobre el tambor del piso, donde los pies cían como gotas de agua a la velocidad que imponía la música
Muchachas con ojos ardientes de alegría despilfarraban los últimos minutos del año.
No había por qué estar tristes, excepto por la nostalgia que se llevaba el difunto.  
A medianoche todos moríamos; el año, los sueños, las risas, la magia, el tiempo, la poesía...

jueves, 20 de diciembre de 2012

La breve eternidad



A Camila Dujarric

Me senté lejos para imaginar sus ojos verdes clavarse en mi piel tostada que a la distancia debía antojársele una oscura nube entorpeciendo el destello de su sol.
¡Qué brillo!!qué fuego!¡qué mirada! No sé porqué digo sol, si más bien, eran dos esmeraldas engastadas en el mármol de su cara.
Esa noche la cree, la eternicé y la amé apenas conociéndola. Fue tanto el amor que despertaron en mí sus pupilas que al no poder deshacerme de ellas, reviven en mi alma agigantadas como olas de un mar futurista.  
También me contó aquella noche de sus antepasados, del África, Israel, España y tanta idiosincrasia que no pude retenerla toda.
Hablamos  sólo esa vez (una corta y miserable vez), pero bastó para que sus verdes astros iluminen la eternidad de mi memoria. 


sábado, 1 de diciembre de 2012

Dialogo del Presidente y el pueblo


Pueblo aquí está diciembre, así que ya sabes a qué vengo. Sí, hay que sacar cuentas del año que finaliza, como los anteriores.
No te impacientes y escucha. Es más, si quieres comenzamos al revés, para que no digas que doy menos importancia a lo reciente.
¿Lo del paquetazo? Oh, pero si eso es por tu bien, ya me encargué de explicártelo y hasta te tiré cifras y todo. 
¿Qué por qué el león no está preso? Bueno en eso no hay mucha transparencia, pero si recuerdas la frase de la campaña de Papá no hay qué decir.
Mira, es que son tantas cosas las que se saben…
Gracias a Dios que son más las que se ignoran.
Imagínate, sólo con el lio de los pollos, el salami, la moringa, los atracos, Bautista,  el de Santiago Rodríguez, el estudiante muerto, la profesora asesinada, la doctora secuestrada, la ingeniera lisiada, los asaltos a los bancos, la marcha de los estudiantes desde Santiago, las convocatorias de la izquierda, o lo que sea, los líos en la UASD, el paquetazo o reforma fiscal, los muertos en San Francisco…uuf.
Son muchas cosas sí.
También me interesé cuando vi que esta Navidad no había ni un arbolito en la ciudad, la mayoría dijo que es por falta de dinero, yo sin embargo creo que se está perdiendo la tradición.
Como no.
Y hablando de Navidad ¿sabes que he prometido reducirte el doble sueldo para dar de comer a los más necesitados? Sé que tampoco esto te gustará, pero bueno, no espero que todo te parezca  bien.  Pasa un lindo fin de año y en enero hablamos.   

El Fondo del iceberg


El próximo miércoles 5 de diciembre a las 6:00 pm el Taller Literario Narradores de Santo Domingo pondrá en circulación su segunda antología de relatos, donde aparece mi cuento: "El regreso". 

jueves, 22 de noviembre de 2012

Cortas memorias de un viaje largo


Caminar desde Santiago hasta la capital es algo que no debería hacerse si no hay en la conciencia algo tan digno del sacrificio humano como la Educación. 

Nos tendimos por la carretera como un tiro de escopeta que resonaría a más de 160 kilómetros, y Santiago con su monumento erecto, igual a la testarudez de Febrillet, quedó atrás.
A la salida todo era genial. Las batas blancas de los estudiantes de medicina y la bulla de los que gritaban consignas hacían de la marcha un hospital móvil. “Aleeerta”, coreábamos, y las voces se iban en una ola repetitiva que explotaba “alerta, alerta, alerta que camina, la lucha estudiantil por América Latina”  Los carros al pasar nos animaban con sus bocinas, y el pito al parecer ensayado se aunaba a nuestras voces “Y dile que sí que vamos a llegar” “Y dile que sí que vamos a llegar, porque tamo armao, armao de valor”, respondíamos.
Ni el cielo permaneció indiferente a nuestra entrega, su concha azul derramó una mezcla de baba y lágrimas que nos protegió de la insolación.
Después de un día de camino estábamos agotados, pero una camioneta salida de la nada (como todo milagro) nos elevó la autoestima con la canción Que Vivan los Estudiantes. En La Vega  las barbas de Rogelio Cruz (El padre) nos esperó con un locrio hecho con más devoción que ingredientes.
El segundo día el asunto era fácil; a las seis en pie y a caminar hasta que los pies aguanten. Salvo las interferencias de la prensa y algunas paradas obligatorias cuando los pies cansados de comer asfalto querían respirar no paramos hasta dejar nuestros cuerpos deshechos sobre el mármol blanco del CURNE, en Bonao.
El frío esa noche hizo de masajista y nos ayudó a estar en pie a las cinco treinta. Tomé la Bandera Nacional que colgaba sobre un tubo y con fuerza extraída de los huesos  la empujé hasta Villa Altagracia.
Ya el tercer día parecía como si Febrillet, nuestro “magnifico Rector” hubiera orado a todos sus diablos para que nos impidieran la llegada a la capital, pues la tormenta Sandy que por suerte pasaba por el país, no como él que tenía dos años desbastándonos, descargó un diluvio congelado sobre nuestras costillas demacradas. Pero cuando las gotas clavaban nuestras espaldas las removíamos con valentía cantando “Vamos a llegar dile que si”. Esa tercera jornada fue la más larga. Abusamos de nuestros cuerpos jóvenes y fuimos a caer rendidos en el puesto de la Cruz Roja, en el peaje, más de sesenta kilómetros pisoteados con unos pies destrozados por la humedad y la fatiga.
El Complejo B sirvió de estimulante a algunos de los muchachos. Yo, sin embargo, alivié el cansancio con un pica pollo y unos vasos de trigo con leche que remojé en pan.
Lo más la trayectoria fue que desaparecieron las diferencias y sólo había una meta en común; llegar, no importaba cuanto nos costara, pero llegar caminando, con nuestro honor al hombro. Exhibiendo eso de lo que carecía el “magnifico”.
En el camino no hubo Ángel, Roberto, Rafelito, Rafael, Saulo,…Deivi, Suleica…éramos Yo camino por mi UASD, una conciencia colectiva como la que deseamos en la sociedad. 
Por fin amaneció el jueves y además del dolor físico nos separaban de la UASD unos veintiocho kilómetros que a medida que fueron avanzando nuestros portentosos pies sobre la llaga sangrante del día se hacían interminables. Cuando los habíamos reducido a nueve se nos unió un grupo grande a darnos la bienvenida. Los que nos habíamos mantenidos firmes durante todo el camino seguimos al frente y oíamos a los otros vitorearnos como al pequeño ejército que acaba de ganar la batalla. 
Como esperábamos el “magnifico” no nos recibió ni mucho menos se tomó la molestia de enviar a recibirnos, como hubiera hecho cualquier patán con algo de educación. A él le pagan para que dirija un puñado de vacas que jamás osan llevarle la contraria ni decir ante una decisión tomada por su infalible cerebro, ésta bocha es mía, no a un grupo de espíritus superiores abandonados por una sociedad mediocre.
Por eso puso a la seguridad a que nos recibiera. Y de hecho por una vez en su vida el tarado actuó como el Rector, pues se dio cuenta que un montón de animales tienen más capacidad para tomar decisiones acertadas que él. 
Lo terrible fue que a todos les pareció bien que cerrara la universidad cuando las otras estaban abiertas, bajo el alegato mentiroso de que había un ciclón. Tampoco nadie dijo nada porque esa noche el traidor de la Patria durmió en su cama de lujo, mientras el futuro del país estrujaba las costillas deshechas en el charco de agua que se acumula frente a la Primada de América.